viernes, 17 de agosto de 2012

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Mónica B, Cragnolini
Del cuerpo-escritura
Nietzsche, su "yo" y sus escritos

Consideraciones


Por: Camilo Pardo.


La investigación como fin en si misma, tal como él  la practica no es algo, realmente objetiva, para e investigador supone sólo no dejarse arrastrar por ninguna de sus empresas. Excluye el entusiasmo y las transformación del hombre. Quiere el cuerpo no se de cuentas de lo que hacen las puntas de sus dedos.

Elías Canetti.

No cabe duda de la fascinación que Nietzsche ha despertado en mi vida. Hay días aciagos en que lo tomo como palabra rema y se convierte en una especie de oráculo; también, sin embargo, hay días en que me vuelvo contra él lanzando algunos bien afilados libelos. He pasado una buena temporada rindiendo devoción a la obra de Nietzsche que a veces considero que tanto Nietzscheanismo me ha intoxicado; que ya no le comprendo, siquiera mínimamente, por haberme fanatizado. No obstante, aún resulta un acto extraño leerlo, pues parece que cada lectura entrañara una experiencia pluriforme, plástica, volátil… Y tuviese la suficiente vitamina para enriquecer o inquietar hondamente.

También, de alguna manera, pude observar cierta devoción en el S.I.H.C hacia la obra de Nietzsche y a lo que su imagen suscita. Tal vez por mostrarse rebelde ––transvalorador–– o por tener esa grandeza de carácter para enfrentar la adversidad, o por exaltar la risa y degustar las alegrías simples o, a lo mejor, por tener esa entereza y coraje tanto físico como intelectual. Seguramente muchos de sus escritos aún permanezcan inéditos para nosotros, pero los que medianamente hemos logrado leer, poseen esa deslumbrante belleza cuya perenne vitalidad ha extendido su influencia en el semillero.

Es cierto, Nietzsche a escrito en nuestras vidas con su estilo cáustico y elegante, pero también con ese toque estético y libidinoso; probablemente su experiencia vital a dinamizado nuestra cultura e historia personal, nos ha tornado arriesgados y con frecuencia dionisiacos, ha modificado en algún sentido el ritmo metafísico de la realidad, nos ha hecho violentos, licenciosos, polifónicos, perspectivos… la cadencia de nuestros cuerpos ha tomado poder expresivo, aunque también ascético. Bueno, sé que exagero, pero lo que sí es cierto es que adquirimos una magna responsabilidad al leerlo, que es quizá la misma que pregonaba Kant, “Atrevernos a pensar”.

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De otro lado, es necesario preguntarnos si son nuestras patologías las que nos permiten escribir. Las que de alguna manera originan estados que tienden a la reflexión, las que inspiran y movilizan las fuerzas creativas e invitan a plasmar –traducir, recrear– la visión del mundo, expresión de las fuerzas profundas que nos habitan. A los mejor, no racionalizamos en demasía lo que decimos, escribimos a partir de pulsiones psíquicas, de instintos, de pretextos, de nuestra concepción lúdica e imaginación moral y, aún más claro y radical, a partir de nuestros autoengaños –perspectivas–. Naturalmente, significa que nuestro cuerpo deja de ser objeto de saber para convertirse en sujeto de él; estamos atravesados por dolores, enfermedades, placeres, que se decantan en nuestra corporalidad y nos ponen en crisis, nos obligan a buscar alternativas de solución, a preguntarnos, a ser otros.

Con Rimbaud encontramos un ejemplo bastante interesante al respecto:


“El primer objeto de estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento, completo; se busca el alma, la inspecciona, la prueba, la aprende. Cuando ya se la sabe, tiene que cultivarla; pues de lo que se trata es de hacer monstruosa el alma. Digo que hay que ser vidente, hacerse vidente, el poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos, para no quedarse sino con sus quintaesencias; inefable tortura de la que necesita de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana. Alcanza lo desconocido y, aunque, enloquecido, acabara perdiendo la inteligencia de sus visiones, ¡no dejaría de haberlas visto! Que reviente saltando hacia cosas inauditas o innombrables: ya vendrán otros horribles trabajadores; empezarán a partir de los horizontes en que el otro se haya desplomado”[1].


La escritura se muestra como fármaco de la memoria en Platón, como terapéutica en Nietzsche, como modus vivendi para Poe, como incandescencia y extrema tensión en la poesía de Rimbaud, como arma de doble filo para nosotros… en fin, como estratagema que logra sintetizar nuestro mundo interior y exterior. Evidentemente puede tener consecuencias insospechadas, nos lleva a “vivir” lo que en nuestra realidad física se nos escapa, puede volvernos chocantes o profundos o simplemente ayudarnos a evadir la “cruda” realidad real. En definitiva, es una especie de ascesis, pues mientras nos escribimos nos liberamos.

¿Liberarnos de qué o para qué? En primera instancia, de las huellas institucionales que impregnan su aroma docilizante, homogenizador y, en segunda medida, para acercarnos objetivamente al saber, para sortear los excesos de subjetividad y encontrar límites en la interpretación, más aún, para dilatar los limites estrechos de una interpretación canónica hegemónica. De este modo giramos hacia una concepción purificadora, salubre, de la escritura, una idea que se aleja un tanto del cartesianismo, que vuelve al cuerpo, que escribe cuerpo. Quizás sea por eso que estemos supeditados a la incesante tensión entre los paradigmas Razón –No Razón que nos enseñara el profesor Botero Uribe. 

Cabe concluir con un comentario que Antoine Adam hace de la obra y figura de Rimbaud:


“La vida moldea la obra, aunque sólo sea porque la vida, al ser experimentada, suministra al poeta los ingredientes de la creación. Pero hay autores cuya biografía importa poquísimo, a efectos de lectura, y otros cuya valoración cambia por completo cuando se conocen los datos vitales. Es decir: hay autores con mucha más biografía que bibliografía, y al revés. Entre nosotros, ahora mismo, tenemos poetas cuyos versos cambian por completo a la luz de sus condiciones existenciales (p.e., Leopoldo María Panero) y poetas cuyos versos no guardan relación alguna con la vida de nadie”[2].


Con Nietzsche sucede algo curioso: no sólo la obra es tremendamente sugestiva y atrapante sino que su vida es inspiradora, esto significa que tanto su biografía como su bibliografía son un complemento indisoluble que nos ha escrito y reescrito.  




[1] RIMBAUD. A. Cartas a un vidente. Introducción, traducción y notas de Ramón Buenaventura. Disponible en: http://personal.telefonica.terra.es/web/ideasmuertas/novelas/Los%20dos%20libros%20y%20las%20cartas.pdf
[2] Arthur Rimbaud, Oeuvres complètes (París, Gallimard, «Bibliothèque de la Pléiade», 1972), edición fijada, presentada y anotada por Antoine Adam. Es, por el momento, la edición canónica de las obras de Arthur Rimbaud. Ninguna otra puede comparársele en seriedad ni, desde luego, en aparato científico.

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